Si no hubiera sido de temperamento impaciente y cagaprisas, ya desde antes de nacer, habría llegado al mundo unos 40 días más tarde, que era lo que tocaba. El caso es que acabé aterrizando antes de lo previsto en este mes gris de cementerios, fríos traicioneros y resfriados. Además del propio carácter, debió influir en el adelanto el que con anterioridad hubieran pasado por el mismo trance y canal de parto tres hermanos y que mi madre trajinara cada día, sin descanso, con tres niños pequeños en casa y cuarenta y tantos en la escuela. Sí, seguro que eso debió influir lo suyo.
Yo ya nací pequeña de tamaño y el tiempo ha respetado, con las inexorables variaciones, la idea original. Como recien nacida, mi peso sería considerado ahora escaso, pero relativamente normal. En la década de los sesenta, sin embargo, la media debía estar en los cuatro kilos, y esa debía ser la cifra reglamentaria para decir de forma concluyente e inequívoca: “el chico ha nacido criado”. Quedé muy lejos del peso medio, así, que aun sin necesidad de incubadora, yo no nací criada, sino prematura y pequeña. Eso sí,
como una medallica, en palabras de mi abuela, aunque ya se sabe que las abuelas, por el simple hecho de serlo, quedan exentas del don de la objetividad. Para mi abuela primero fui una medallica y después canela en rama, morena salada... y siempre, siempre,
fui su
monsecica.
La genética se salta caprichosamente las generaciones y lo cierto es que la herencia de mi abuela fue mucho más abundante y sustancial que la de mi propia madre. Hubo transferencia directa en mucho del carácter, en la locuacidad, en el instinto cantarín y bailarín, y clonación completa en algunos rasgos, sobre todo en los ojos. Seguramente p

or eso, también la hubo en la manera de mirar las cosas.
Venir al mundo en noviembre fue la primera contradicción de mi existencia porque, de natural friolera y espíritu tropical, debería haber nacido como mínimo en mayo, o mejor aún, en pleno verano y en alguna latitud de esas que siempre tienen a mano palmeras, cocoteros, salsa y meneo corporal. Para aminorar el despropósito, el calendario situó el evento en el veranillo de San Martín, que no deja de ser una engañufla, porque de verano tiene más bien poco como su propio diminutivo indica.
Si no hubiera sido de temperamento impaciente y cagaprisas, también después de nacer, quizás la vida hubiera dado otros giros porque habría sabido esperar, convenientemente, a acontecimientos, decisones y encuentros. Pero cuando se es de natural irreflexivo y visceral la palabra esperar suele aparece al final del diccionario, con un aura de lejano y desconocido. El tiempo no cambia a las personas, no en lo esencial, pero sí da una cierta perspectiva, suelta cuerda y permite recolocar los acontecimientos y las prioridades al margen de las cronologías y las urgencias. Se tiene, entonces, un sentido más completo de los hechos vividos, los trascendentes y los pequeños. Y aprende una a dar valor a cosas como, por ejemplo, los deseos de felicidad que llegan del exterior, aunque en determinadas fechas formen parte de las convenciones sociales. Pero, precisamente la edad, permite distinguir los deseos sinceros de los simples trámites.
En buena medida, ser feliz es sentir que alguien desea de corazón que lo seas, saber que alguien ha decidido, al empezar el día, que te lo hará saber de un modo u otro. La felicidad debe ser éso y también otras muchas cosas como las que Cristina Peri Rossi describe con precisión y belleza en el poema
La alegría de vivir. Cristina Peri Rossi también vino al mundo un día como hoy. Una coincidencia intrascendente, sin duda, pero que hace que me reconcilie un poco con este mes y este día en el que no me tocaba nacer.
La felicidad es esto:
caminar contra el viento
saludar a desconocidos
no comprar comida
(la felicidad es el alimento)
ser espléndida
como el viento gratis que limpia la ciudad
como esta llovizna repentina
que me moja la cara
me resfriaré
pero a mí que me importa.
Fragmento de "Alegría de Vivir". Cristina Peri Rossi